No estás, parece que escucho el silencio. Llueve, y casi puedo sentir el trayecto de las gotas de lluvia hasta chocar contra la acera ahí fueran, en la calle. Quizás el tiempo llore porque tu no me acompañas.
Suspiro, y pienso en lo que duele tu ausencia, en el espacio que dejas cuando te vas, tan grande que ni el gran océano podría ocupar. Pienso en tu música, esa que siempre llevas contigo allí donde vas, esa que hace que todas las personas a tu alrededor sepan que estás ahí, y por supuesto esa es la música que te convierte en mi sol particular…en la única luz que ilumina mi mundo.
Sigue lloviendo, y me gustaría que estuvieses aquí. Ahora imagino que estás sentado a mi lado, imagino que me miras, y como siempre… que sonríes, me sonríes como nunca nadie me ha sonreído, y yo me derrito, irremediablemente. Porque tu sonrisa es la llama que calienta mi pequeño corazón, ese que hace meses que solo late por ti. Ese que pensé que nunca aprendería a latir por nadie.
Suena mi móvil. Rápidamente lo cojo. Sabía que eras tú. Es un mensaje. Dices que vendrás pronto, suficientemente pronto como para darme mi beso de buenas noches. Me sonrojo. Me muero por ese beso… Una vez que me le das, aunque luche por quedarme despierta, siempre caigo dormida.
Pasan los minutos y te espero impaciente, no debería ponerme tan nerviosa cuando te espero, lo sé. Pero no puedo hacer nada por impedirlo, mi cuerpo vibra en deseos de verte y de sentirte cerca. Solo con la parada del ascensor en el tercero, y oír el tintineo de las llaves antes de abrir la puerta ya me provoca un pequeño escalofrío y rápidamente me levanto corriendo hacia la puerta, para poder besarte y abrazarte cuanto antes, y lo mejor de todo, decirte todo lo que te quiero, ahora y siempre...
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