jueves, 28 de noviembre de 2013

La cabaña





Mira fuera. El viento sopla fuerte, y la lluvia golpea incesante el alféizar de la ventana.
Mira las gotas mientras se van acumulando junto al vaho blanquecino en el cristal. Puedes dibujar alli todo aquello que te apetezca, y sentir el frio y la humedad en tus dedos, sentir el exterior.
Decides dibujar el contorno de una enorme nube con la llema de tu dedo indice y pronto comienzas a limpiar su interior de vaho. Entonces te separas levemente de la ventana y admiras tu trabajo. Perfecto. Una nube enorme y transparente, estupenda para ver lo que hay allí afuera.
Asique te asomas y centras tu mirada en el paisaje, y admiras las montañas con sus cumbres cubiertas por las primeras nevadas, las pequeñas casitas que intermitentemente asoman en el fondo del valle, y por supuesto el prado verde, que parece perderse en la lejania y que alimenta a un rebaño de ovejas que pastan totalmente ajenas a la lluvia que cae sobre ellas, y cuyo sendero termina a las puertas de la casa de piedra. Allí, guardianes, una pareja de mastines se refugia bajo sus casetas de madera, con sus grandes orejas siempre alerta.
Abres la ventana para sentir más aun la lluvia, y el lugar. La ventana deja entrar el fuerte viento invernal, que se cuela rapidamente en la habitación, pero asomas tu cabeza.
Automaticamente oyes una voz muy familiar procedente del piso de abajo:
- ¿Quien ha abierto una ventana? ¡Que se escapa el calor! - Sonries. Los infalibles sentidos de tu madre son como las orejas de sus mastines, siempre alerta. Asique rapidamente respiras hondo para recoger todo el aire puro posible, y cierras de nuevo la ventana.
 La paz que se respira incluso en el interior de la casita es realmente increible. El campo transmite una enorme tranquilidad que ningun otro sitio es capaz de proporcionarnos. Vuelves a inspirar hondo, pero descubres que el aire fresco de la calle esta siendo sustituido por un rico olor a empanada recien hecha....