sábado, 31 de diciembre de 2011

Cuento de Navidad

Bajo la luz del crepúsculo, un niño envuelto en harapos caminaba por la acera, mirándose los pies, entristezido.  Llevaba ya rato andando por las calles,  pensando en lo que iba a llevar este año a casa  por Navidad.Su madre hacía años que no les regalaba nada, y apenas podían permitirse un plato de sopa caliente y algo de pan, para hacer la famosa sopa de ajo que su madre preparaba año tras año, los últimos días de Diciembre.Él ya no creía en los reyes ni en esas tonterías, pero su hermano pequeño, aún conservaba la ilusión, pese a que los últimos dos años él mismo solo había conseguido llevarle a casa una peonza vieja y un par de coches de juguete que habia encontrado por ahí. Pero este año tenía que ser diferente.El chico llevaba horas andando en busca de algo que a su hermano le gustase, aunque tuviera que robarlo. Pero a esas horas ya hacía mucho frío, las tiendas habían cerrado y no había casi nadie por la calle.Iba tan inverso en sus pensamientos que a punto estuvo de chocar con un señor por ir mirándose los pies. El anciano,de agradable rostro enmarcado en barbas blancas y vestido con una larga gabardina, le miró fijamente y le preguntó:
- ¿Qué haces por aquí a estas horas joven?
- Busco algo para regalar a mi hermano pequeño- respondío el niño.
- ¿Tú?  Los regalos los traen los reyes, no los niños.
- Los reyes no existen señor, pero mi hermano sí cree en ellos todavía.
- ¿Y quién te ha dicho que los reyes no existen?Por supuesto que existen y puedo demostrártelo - Respondío el extraño señor. Parecía molesto por la falta de fé del niño.
El chico negó con la cabeza, entristezido de nuevo.
- Yo sé que no existen... y si existen, hace años que olvidaron venir a mi casa.- murmuró.
-  Pues claro joven, los reyes solo van a las casas de los niños que creen en ellos. Si no tienes fé en ellos, nunca vendrán.- le explicó, acariciando la cabeza despeinada del chico.
- Mi hermano cree en ellos, y si yo no le buscase regalos, no los tendría.
- Los reyes nunca se olvidan de los niños, ¿sabes?
El joven volvió a negar con la cabeza, cansado.
- Tú no serás por casualidad Izan,¿verdad?- le preguntó derrepente el señor.
 Le miró sorprendido.
- Sí, me llamo Izan.¿ Cómo lo sabes?
El anciano no le respondió, en su lugar sonrió y sacó de debajo de su abrigo un regalo perfectamente envuelto en papel rojo y dorado.
- Entonces esto es para tí - dijo, tendiéndole el regalo.
Izan abrió los ojos de par en par y se quedó sin palabras ante la idea de que aquel hombre completamente desconocido tuviera un regalo para él.
- Cógelo hijo, a qué esperas. Es tuyo.
Izan lo cogió y acarició el fino papel de regalo con las manos, su único regalo en mucho tiempo.
- ¿ No piensas abrirlo? - le preguntó el anciano.
- ¿Ahora?
El señor asintió, y le hizo un gesto para que se diese prisa.Entonces Izan no se lo pensó dos veces, tenía tantas ganas de abrir ese regalo que no podía esperar al día siguiente para abrirlo, como se hace con los regalos de Navidad. Dejó caer cuidadosamente el papel sobre la acera de la calle donde se encontraban, y miró detenidamente lo que había en el interior. Era una caja roja.La abrió con suavidad y encontró un libro.
Un libro... su primer libro, que no fuese para el colegio, claro. Leyó la portada: " El Principito". No había oido nunca hablar de ese libro. Era pequeño y blanco, con el dibujo de un niño de pie sobre lo que parecía un planeta. A Izan le gustó mucho, se moría de ganas de leerlo.
- Gracias - dijo al anciano.
- No me des las gracias a mí.Te dije que los reyes nunca olvidan a los niños.- respondió el señor de larga barba blanca, guiñándole un ojo.
El chico no supo que responder.
- ¿Has mirado si hay algo más en la caja?
Izan descubrió que debajo del libro había dos pequeños regalos envueltos, con el nombre de su madre y su hermano escritos.No pudo reprimir una carcajada y comenzó a saltar de alegría.¡Este año había regalos para todos! ¿Cómo era posible?Volvió a mirar al señor para darle de nuevo las gracias pero...el anciano había desaparecido, asi que se encogió de hombros y caminó hacia su casa, contento, ojeando el libro a la luz de las farolas sin soltar la caja con los regalos para su familia.De pronto se fijó en que en una de las hojas del libro había una inscripcion con letras doradas.Se acercó más a una de las farolas para leerlo. En letras mayúsculas y doradas, escritas con extraordinario detalle, se leía : NUNCA DEJES DE CREER.

sábado, 3 de diciembre de 2011

La niña de las flores

A lo lejos, en la colina, una niña recogía flores, mientras brincaba contenta, tarareando una canción. Ajena a las nubes de tormenta que se acercaban poco a poco, ella aprovechaba los últimos rayos de sol, ditraída.Quería completar un ramo de flores silvestres solo con las margaritas más bonitas que pudiera encontrar, asique escogía las flores con sumo cuidado antes de arrancarlas.Una vez completado el ramo a su gusto, se sentó en el prado, a admirar las margaritas que había escogido.Había quedado realmente bonito. Sonrió, satisfecha con el resultado.  Entonces alzó la vista hacia el cielo y frunció el ceño al reparar en aquellas nubes negras, que se acercaban rápidamente a la colina en la que ella se encontraba. Se levantó, remangó su vestido y comenzó a descender por la colina, en busca del sendero que la llevaría al pueblo. Las nubes ya estaban sobre su cabeza y comenzaron a caer las primeras gotas, asique aceleró el paso y sujetó firmemente las flores contra su pecho, preocupada por que la lluvia estropease el bonito ramo que le había llevado casi toda la tarde. Comenzó a llover muy fuerte, y finalmente la niña llegó al sendero, que comenzó a enbarrarse, asique se remangó aún más el vestido, suspiró y continuó andando a trompicones, pero su única preocupación seguía siendo proteger las flores. Al cabo de un rato, llegó al pueblo.Sus ropas estaban empapadas, y sus zapatos llenos de barro, pero la niña caminaba con paso firme, hacía su destino. Por fín se paró, y rápidamente miró las flores que había estado protegiendo contra su pecho. Estaban algo mojadas, y había una que estaba rota. La chiquilla quitó la margarita rota, y colocó las otras, con delicadeza. Entonces dejó el ramo sobre la fría piedra que tenía frente a ella, y dió un paso atrás para observar el ramo.- Después de todo no ha quedado tan mal - pensó. Puso su mano sobre la piedra, cerca de las flores y sonrió, pensativa.
- Espero que no te importe que estén mojadas, tenías que haberlas visto cuando las recogí en la colina...eran preciosas! - fue lo único que dijo, en voz alta. Entonces la niña se dió la vuelta y caminó hacia su casa, cerrando la puerta del cementerio tras de sí.